Novelado

28º Un reencuentro

Habíamos llegado a un Arca repleto de peregrinos, con la expectación de sabernos cercanos a la meta. Un final, por un lado deseado por el propósito alcanzado, por otro lado sentido porque con él llegaba el momento de la despedida. Los preparativos de la fiesta contribuían a nuestra agitación. Pero por encima de todo me encontraba en un estado de ebullición interior, al punto de apenas saber dónde me encontraba. Pero parecía que las emociones no iban a llegar a su fin. Estaba en el albergue vistiéndome lo más parecido que era posible a una maruja andaluza, con las ropas que nos habían juntado entre las peregrinas. Elisa, gaditana que venía desde Mondoñedo, me estaba pintando unas exageradas sombras de ojos, cuando una de sus compañeras me pasó recado de que preguntaban por mí en el piso de abajo. - Espera un momentito que ya vas listo. Rematada la transformación, pensando que era Carlos que me buscaba para ir al local, salí apresurado hacia la puerta, y comencé a bajar ligero las escaleras. En ese momento lo vi, de pie, en el portal de entrada.

Lo reconocí al punto a pesar de encontrarse de espaldas, y me quedé paralizado por la sorpresa. Sin tiempo a recobrarme de la impresión, mi primer impulso fue escapar escaleras arriba, pero no fui capaz de reaccionar, antes de que él se girara lentamente. Me miró durante unos instantes extrañado sin caer en la cuenta, hasta que su rostro, no precisamente expresivo en circunstancias más normales, reflejó rápidamente diferentes emociones, poco coherentes las unas con las otras. Por mi parte quedé seco, sin palabras, paralizado por lo inesperado e incierto del encuentro. Pero allí estaba: alto, delgado, con el pelo oscuro encanecido, más parecido que nunca a papá. Nos miramos en silencio, esperando cada uno la reacción del otro, hasta que la tensión insoportable del momento rompió de la mejor manera posible. Rompió a reír como lo hacía de niño, de una forma estruendosa, desproporcionada, que tanto nos sorprende en una persona seria y tímida, contagiándome a mí al punto, hasta que nos saltaron las lágrimas, y las palabras se hicieron completamente inútiles. Nos abrazamos sin parar de reír, con fuerza, como queriendo los dos desquitarnos en unos pocos segundos de la dolorosa ausencia de tantos años. Y no sabíamos si llorábamos de risa, de alegría, de la pena por el tiempo perdido, o, quizás lo más probable, por las tres cosas al tiempo.


Last modified: Monday, 9 November 2020, 12:32 PM